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sábado, 17 de junio de 2017

UN SANTO AL RITMO DEL REDOBLE Y UN RECUERDO A TERESA LA NAVERA


Como todos los años, el pasado 13 de junio se celebró en Cáceres la procesión de San Antonio, que parte de la judería vieja y llega a San Mateo desde donde regresa tras una eucaristía. No es, ni mucho menos, la procesión más multitudinaria de la ciudad; ni la más sobria o más vistosa, aunque seguro que es la que mejor conserva el sabor, olor y el sonido de la verdadera tradición cacereña.




En esta ciudad que ha permitido contaminarse con costaleros (apartando a la horquilla por un simple postureo), que adopta manifestaciones sureñas en un desprecio consentido y aplaudido a las señas identitarias de nuestra ciudad, existe aún una ventana que nos permite asomarnos y ver quiénes éramos y mostrarnos de primera mano lo que queremos ser para lograr lo que nunca seremos.





Esta humilde procesión se acompaña de una charanga que entona la famosa canción de “Los Pajaritos de San Antonio”. Los más emocionante es que todo el cortejo va acompañando al Santo y cantando esta monótona y repetitiva canción, sin descanso ni desaliento, en un verdadero ejercicio de participación (y no de obervación).



Otro momento, que no logro entender (como la mayoría de las acciones fanáticas), se produce cuando se acaba la canción del Redoble y la gente asalta al Santo para hacerse con una de las flores que adornan sus humildes andas. Y es justo en el momento antes donde me quiero detener: en el baile del Redoble.


Muchos de vosotros no conoceréis mi vinculación con el mundo del folkclore desde hace más de 25 años. Esto me dio la oportunidad, sería en 1995 o 1996, de cantar la famosa jota cacereña a la llegada de San Antonio a su ermita. Como la mayoría de los cacereños empezamos la primera estrofa diciendo: “las de la calle Caleros se lavan con…”, al igual que se sigue haciendo por la mayoría. Al finalizar la canción, y una vez acabada la fiesta, se nos acercó una señora muy mayor, pero con esa experiencia y sabiduría que se reconoce inmediatamente, y nos dijo: “la cantáis mal, no es así”. Nos quedamos algo sorprendidos pero con las ganas de conocer el error, y nos dijo que la canción era: “Las del Caminito Llano se lavan con aguardiente. Las de la Calle Calero, con agüita de la fuente”. Nos encantó, además, la explicación: “las de Caleros íbamos por agua a Concejo, y las otras tenía fama de borrachas”. Según dijo esto se marchó con una medio sonrisa.




Yo no había reconocido a la señora que nos había corregido, y fue entonces cuando alguien se acercó y me dijo: es Teresa, la Navera. En ese momento fui consciente de haber recibido una lección de una de las personas que más han hecho por la música tradicional de la ciudad (fundamentalmente por la saeta) y que de alguna manera me había permitido conectar con un pasado en el que las tradiciones seguían vivas, como sigue ocurriendo en la Procesión de San Antonio, y por supuesto, ya no he vuelto a cantar el Redoble de otra manera. 


lunes, 12 de junio de 2017

DOS PRENSAS OLEARIAS EN TORREQUEMADA… DE CARAMBOLA


En ocasiones, no demasiadas desgraciadamente, la suerte te mira a los ojos y te sonríe. Hace poco acompañé a un ilustre investigador, y académico cacereño, a visitar las Corralás de Torrequemada de las que ya os hablé hace tiempo. Por el camino le comentaba que sabía que en la zona había una enorme prensa olearia que llevaba años buscando, y que se me resistía, muy a pesar mío. En ningún momento se me ocurrió retomar ese día la búsqueda, ya que el objetivo de la visita era otro. Cuando ya regresábamos al coche, y después de dar un buen paseo con el frescor de la mañana (que nos costó un buen madrugón) nos topamos con un ganadero que venía a alimentar a unas preciosas vaquillas. Se me ocurrió preguntarle por el molino que tanto anhelaba fotografíar. Desgraciadamente no tenía ninguna constancia de “una piedra con un hueco redondo”. Esto me desalentó porque si alguien que recorre aquellos campos a diario no la conoce, iba a ser muy complicado dar con ella. De repente agarra el teléfono y llama a alguien. La airada y coloquial conversación se completa con un “venga, aquí te espero”. Nos mira sonriente y nos dice: “ahora viene el alcalde que él seguro lo sabe”. Nuestras caras de asombro fueron a más cuando, de verdad, unos minutos después aparece el alcalde en su coche blanco. Nos saludamos y al preguntarle por la prensa se lleva la mano al bolsillo y nos dice: “¿esto es?”. En efecto, tenía una foto de la preciada piedra en su teléfono móvil. Nos indica que es muy complicado llegar a ella, aunque no está lejos, que él nos lleva un tramo y ya nos indica para que nosotros busquemos. 

Mientras estamos montados en el coche con el alcalde recorriendo la dehesa boyal, nos cruzamos con un paisano que saluda con gran aprecio a nuestro guía improvisado. De nuevo los astros no son favorables y cuando el alcalde le pide a este señor que nos lleve hasta el propio molino, el paisano accede gustosamente. Ya somos cuatro en el coche del alcalde que se bambolea con solvencia por los caminos de arena que nos acercan cada vez más al Salor. Allí comenzamos a pie un recorrido por una preciosa dehesa en la que empezamos a pisar cada vez más restos de teja romana, alguna de ellas de gran tamaño y muy bien conservadas. Esto nos indica que estamos en el camino correcto hacia la presa. 





Cuando nos queremos dar cuenta, ahí está. Me sorprende su tamaño y buena conservación. La fotografiamos mientras que nuestro guía nos indica que a unos pocos cientos de metros hay otra cuadrada. Mi corazón comenzó a acelerarse porque de “esa otra” no tengo constancia ni documental ni fotográfica. Inmediatamente termino de hacer las fotos de rigor y le pido a nuestro amable amigo que nos lleve a ella. 










Cruzamos de nuevo el río, saltamos algún cercado y volvemos a llegar a una zona donde abunda la teja y los restos de tosco barro, y pocos metros después… la decepción. No se trataba de un lagar cuadrado, sino de los restos de uno similar al anterior pero que había sido destrozado, no sabemos ni cuándo ni por quién. No obstante, el descubrimiento me excita y emociona a partes iguales.










A estas horas de la mañana de esta agonizante primavera, el calor comienza a ser insoportable y comenzamos el camino de regreso. Nos dirigimos a un camino flanqueado por unos muros de piedra con grandes lanchas talladas y mi corazón vuelve a acelerarse cuando me dice nuestro simpático acompañante, que en una de esas piedras hay unas letras, que seguramente sea una lápida romana. La decepción fue inmediata cuando asegura que no recuerda dónde está y que tiene que marcharse. Nosotros conscientes del esfuerzo y el favor que nos ha hecho, no intentamos buscar la inscripción, aunque quedo registrado el lugar para volver en breve y hacer una búsqueda exhaustiva. 

Nos despedimos de nuestro guía y volvemos al coche con la sensación de haber sido afortunados, no sólo por encontrar dos grandes rocas con mucha historia, sino por habernos topado con tres grandes y amables personas, que, sin conocernos de nada, nos ayudaron y acompañaron en este precioso paseo.

El origen de estas prensas es claramente romano. No sólo tenemos de prueba las abundantísimas tejas que plagaban los alrededores, sino otras evidencias, como, por ejemplo, la toponímica. Los nombres de Torrejón, Torreorgaz o Torrequemada, son derivaciones etimológicas de la palabra Turris, que al contrario de lo cabría esperar, no significa “recinto elevado-amurallado”, sino que hace referencia a una villa rural. Esta zona es especialmente propicia para el asentamiento humano (como muestran los restos calcolíticos cercanos encontrados recientemente), porque abundan las surgencias de agua. En esta área confluyen pizarras precámbricas con afloramientos graníticos. Además de agua, los posibles asentamientos estarían muy bien comunicados mediante la vía que unía Metellinum y Castra Caecilia por el actual puerto de Valdemorales y que poseía un ramal que circundaba la cercana ermita del Salor. Mucho más próximo a las prensas tenemos el actual camino entre las Casas de Don Antonio y Torremocha que coincide, casi perfectamente, con un importante camino de comunicación entre Turgalium y la Norba, y que además sirvió como límite entre los términos de Montánchez y Cáceres durante años.

Aunque justo en las inmediaciones de las prensas no se ha excavado (de manera científica), no a demasiada distancia sí se han documentado asentamientos de origen romano como publicaron en 1965 Callejo Serrano, C. o los estudios del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la UEX, encabezados por Calzado Palacios, M. Con toda esta información creo que podemos decir con bastante seguridad que estas prensas son de origen romano y que servían para facilitar las labores agrícolas de (posiblemente tres) viviendas rurales del entorno del Salor; apoyando así la hipótesis de que esta zona fue una zona de implantación romana por los rasgos geológicos, tectónicos, edáficos y topográficos, que la hacen propicia para el aprovechamiento de recursos y por estar bien comunicada con las ciudades del entorno.




En estos momentos no podría volver y encontrarlas, pero os invito a dar una vuelta por las Corralás de Torrequemada, un espectáculo singular de arquitectura vernácula, y pasear, si el calor lo permite, por la dehesa del pueblo… y pudiera pasar que la suerte os mire a los ojos, os sonría y podáis toparos con estas magníficas prensas, testigos abandonados del paso de los siglos. 

jueves, 8 de junio de 2017

LA CASA DEL AIRE, AL DETALLE


La “frontera” sur de Cáceres es muy rica en casas-fuerte que se han conservado, con mayor o menor fortuna, hasta nuestros días. Ya os mostré la casa de Mayoralguillo de Vargas y su piedra “del sacrificio”, así como la casa de la Carretona de Abajo (o del Salor). Hoy nos acercaremos a visitar LA CASA DEL AIRE, cuyo nombre original era Mayoralguillo de Carvajal. Posteriormente cambió de manos y pasó de los Carvajales a los Duques de Valencia, hasta que ya en el siglo XX fue adquirida por la familia Blanco.

En torno a los siglos XIV y XV, en los que la mayoría de estas fortalezas se levantaron, se concibieron las construcciones como centros de explotación agroganadera, donde los señores pasaban algunas temporadas y que, además, reflejaban la patente inestabilidad vecinal y la rivalidad entre las familias, con la presencia de elementos defensivos y/o disuasorios. Años después, en época renacentista, las casas adquieren un verdadero carácter residencial, donde se mejoraban las condiciones de habitabilidad y las fachadas se plagaban de elementos más típicos de la arquitectura señorial urbana. Aparecen entonces portadas con sillería y dovelas, alfices o los escudos nobiliarios.  A pesar de ello, en ningún momento desaparece su función agropecuaria.


Para llegar a ella tenemos dos caminos que parten de la Carretera de Badajoz, cercanos al Castillo de las Seguras. Según nos acercamos vislumbramos una gran mole de mampostería pero que, si nos fijamos AL DETALLE, guarda secretos que nos cuentan una pequeña parte de su historia. Rodeando a la casa aparecen construcciones ganaderas, como una magnífica cochiquera levantada con la técnica de la piedra seca y cerrada en falsa bóveda, como es común en la zona. Además destaca un impoluto bujío en el interior del cercado o un enorme tinao.




Según la bibliografía, la casa se concibió como un cuerpo central escoltado por dos torres con matacanes. El tiempo y las reformas han igualado la altura de las tres partes de la casa, convirtiendo el conjunto en un gran prisma de mampostería, pero en el que, si nos fijamos bien, en los restos de cantería, podremos apreciar la ubicación original de las torres. También llama la atención el gran número de ventanas y sus diversas tipologías. El conjunto se asienta sobre un berrocal cercano al Salor, lo que hace de la zona, una región idónea para la cría, fundamentalmente, de ovejas.







Si tenéis oportunidad, daos un paseo por la zona para conocer la riqueza que ofrecen las casas-fuerte de la “frontera” sur de Cáceres.


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