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domingo, 19 de abril de 2015

LAS CORRALÁS DE TORREQUEMADA

Cuando fui a visitar el interior de la ermita de Nuestra Señora del Salor por primera vez, tuve que hacer un recorrido por el pueblo, y en día de mercado, para encontrar a la señora que me podía dejar la llave para entrar. Al devolvérsela comenzó una interesante conversación en la cocina de su casa, en la que me contó varias historias del pueblo, y lo más importante, me habló de las famosas CORRALÁS. Yo no quería quedar mal, pero no había escuchado en la vida ese nombre, así es que le pregunté y me contó que eran unos pequeños recintos de piedra, situados en la dehesa Boyal o "el prao", donde guardaban los cochinos los vecinos antiguamente. La corralá era cedida por el ayuntamiento de forma verbal y su uso podía heredarse. El vecino se comprometía a mantener las instalaciones acondicionadas, limpias (en la medida de lo posible) y lo más importante: mantener el recinto en buen estado.






Me contaba la buena señora que dejaron de usarse por dos motivos: el primero el que me esperaba, que el cambio de estilo de vida, la migración y el abandono de muchas familias de la costumbre de la matanza, llevó al desuso de las corralás. El segundo motivo era más curioso y consistía en que el tamaño de los cerdos actuales, por culpa de los "piensos esos que le dan ahora a los cochinos", son mucho más grandes que los de antes, por lo tanto no cabían por las pequeñas puertas de entrada a la corralá y fundamentalmente, que el pequeño chozo techado que tenían para que éstos durmieran, se quedó muy pequeño para los actuales y descomunales cerdos. 





Mientras crecían mis ganas por visitar este prado, gracias a la pasión que aquella señora ponía en su relato, apareció por la cocina una chica que debía de ser su hija y que se sumó a la conversación. Ésta me explicó, además, que el gran pintor e hijo adoptivo del pueblo, Juan José Narbón, era un gran defensor y enamorado de las corralás, y que siempre insistió en que no podía comprender cómo un lugar así no era declarado bien de interés cultural. La conversación continuaba mientras una cazuela olía demasiado bien para esas horas (sobre las 14:00h) y que no dejaba de hervir bajo la atenta mirada de la señora que iba y venía a supervisarla, pero sin perder hilo de la charla que tenían con el forastero. La charla acabó con un enorme agradecimiento a todo lo que pude aprender de estas dos mujeres, por regalarme su tiempo y por la amabilidad, aunque me quedé con ganas de probar aquello que hervía a fuego lento en aquella cocina.





Unas semanas después me acerqué con la bici a echar un vistazo a la zona, pero no tenía muy claro cómo encontrar las corralás y decidí preguntar a una señora que sacudía ropa en la puerta de su casa. Me indicó perfectamente cómo llegar así es que fui y descubrí esta joya olvida, un lugar especial con el encanto de la tierra, de la profunda tradición y del olvido. Entusiasmado regresaba a casa con la idea de volver con la cámara de fotos y vídeo para enseñaros este rincón, cuando me volví a encontrar con la señora que me enseñó el camino a la dehesa boyal, y claro, me paré a hablar con ella, con otra señora y un señor que la acompañaban. De aquella conversación nació la nueva búsqueda de un retazo de la historia del pueblo que ya os enseñaré en otro momento. 







Así es que sólo me queda agradecer a la gente del pueblo la amabilidad e invitaros a conocer este recinto. Una sola corralá no impresionaría demasiado, pero el conjunto de casi 300 de ellas te transporta a otro tiempo, a otras maneras de vivir. La dehesa por sí misma merecería la pena, pero con este añadido de piedra se hace aún más interesante. Además se puede disfrutar de la obra de Andrés Talavero,  In memoriam, en homenaje al pintor Juan José Narbón (1927-2005) realizado entre mayo y junio de 2008, un símbolo de diálogo entre dos generaciones, y una invitación a todos los que deseen profundizar en la obra de Narbón mientras pasean al atardecer por el paisaje de las primitivas corralás de Torrequemada que tanto admiró e inspiró al artista. Son dos cilindros de piedra seca con un diámetro cada uno de dos metros y una altura de metro y medio.






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