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lunes, 12 de octubre de 2015

EL CONVENTO DE LA MOHEDA EN GRIMALDO. SEGUNDA PARTE

UN PASEO POR LA HISTORIA

Pasando la localidad de Grimaldo por la antigua N630, justo después de una salida que conduce a la autovía, a la derecha parte un camino que nos lleva al convento. Lo más sencillo es dejar allí el coche y continuar a pie. El camino es cómodo, entre escobas, jaras y encinas y nos lleva, poco a poco, a las ruinas de este convento. Tras andar un par de kilómetros la silueta de la espadaña de la iglesia se nos muestra como una tarjeta de visita gastada y deslucida, pero con la petulancia de un pasado esplendoroso. Atravesamos terrenos privados con el mayor de los respetos al ganado y al entorno y nos topamos con la imponente entrada de la iglesia en la parte norte de la edificación. Nos llaman la atención dos capillas a la izquierda de la puerta y un edificio ruinoso a la derecha. Según avanzamos podemos distinguir los esgrafiados geométricos que resisten el paso del tiempo, las dos capillas rematadas en cúpula y pobladas de vegetación y una portada que nos invita a pasar al interior del templo. Pero refreno las ganas para detenerme en los DETALLES de esta imponente fachada norte.




ZONA A

Sobre la puerta una hornacina venerada, rematada con moldura coronada con unos pináculos y una cruz, que al no caber el hueco existente se han doblado y adaptado hacia adelante para no tener que eliminarlas. Es la primera vez que veo algo así y no deja de hacerme gracia la solución que tomaron para acabar con el problema de espacio. Sigo  recorriendo con la mirada cada rincón y distingo unas letras que dicen: “MISSIONES”, el resto se ha perdido, pero con toda seguridad hace referencia a los años en los que este enclave fue seminario de misiones, entre 1726 y 1761 y posteriormente a mediados del siglo XIX.


Este seminario se situó en el edificio derruido que contemplamos a la derecha, en el que pueden verse aún unos esgrafiados geométricos y otro en el que parece distinguirse la figura de un fraile. Atiendo ahora a la capilla mayor que conserva en muy buen estado los esgrafiados con diferentes figuras geométricas, y en la cara principal aún se distingue los restos de un escudo en tonalidades rojizas. Vuelvo la mirada a la portada y creo distinguir un medallón en el lado izquierdo sobre otros preciosos esgrafiados.









No puedo resistirme más y entro en los restos de la iglesia. No es muy grande, de una sola nave con arcos escarzanos que forman cinco cuerpos y ábside venerado, algo muy poco frecuente. Las bóvedas de la zona del ábside permanecen en buen estado, mientras que la central y la zona del coro se han hundido. En las paredes restos del lucido y los esgrafiados originales, aunque muy deteriorados, excepto en la parte en la que conserva el techo, en la que podemos ver pintura que imita al ladrillo, con un rojo muy intenso que parece recién pintado, cuando tiene más de tres siglos. A la izquierda las capillas, la primera de ellas, la más pequeña, está rematada en bóveda con pechinas en las que se aprecian restos de pintura, pero de la que no podemos obtener una imagen de lo que querría representar.


La capilla mayor sorprende más. Sobre su portada la imagen del cordero de Dios sobre el que aparece un hueco que debió de ocupar algún azulejo. A los lados las azucenas que representan a la Virgen. Estamos en la zona en la que la documentación indica qua finales del siglo XVI se añade una capilla que albergaría las reliquias del convento y desde donde partiría un acceso que saliendo por el exterior del recinto, conduciría al camarín de la Virgen en el altar mayor. En el acceso a su interior me conmociona una pintura que representa una perfecta balaustrada, de una gran calidad y en un sorprendente buen estado de conservación. Dentro más decoración, más pinturas, más riqueza y el suelo de barro cocido original que suele perderse o enterrarse entre escombros y que aquí se conserva en buen estado. Pisar este suelo me ayuda a transportarme en el tiempo con la imaginación y con todos los sentidos.




















ZONA B

Si hay una parte de los conventos, abandonados o no, que me atrae, es el claustro. Desde un primer momento fabulaba con su posible estado de conservación y con la posibilidad de encontrar pinturas interesantes, porque es aquí donde se suelen conservar mejor. Así es que no me retuve más y pasé al claustro. No podía dejar de mirar hacia arriba para contemplar estos preciosos arcos de ladrillo, son arcos rebajados en el piso inferior y escarzanos en el superior y que se conservaban en casi todo su perímetro. Existe una curiosa mezcla de materiales, del ladrillo a la pizarra y de la pizarra al ladrillo.













Podemos contemplar los desagües de barro originales y restos del lucido, las molduras y la decoración que cubrían el claustro, ocultando los materiales de construcción. Los arcos de la planta inferior conservan restos de pinturas muy interesantes y entre ellos podemos distinguir los muros originales que los unían y la parte de muro que se añadió posteriormente. Deslumbrado por la belleza del conjunto exterior decido recorrer su perímetro interior en busca de detalles, y la verdad es que uno podría estar horas recorriendo los restos de pinturas, relieves y el conjunto de elementos decorativos que aún se conservan. 







En la actualidad hay una capa de cal sobre las pinturas originales que oculta gran parte de ellas, pero en las zonas que se ha perdido podemos disfrutar desde algunas de muy mala calidad, a otras con un trabajo de precisión que nos llama la atención, donde abundan las figuras circulares entrelazadas. Se ven también lo que queda de marcos que debieron de albergar pinturas con la vida de San Francisco u otros santos. En cada esquina del claustro una moldura que muestra en relieve con motivos vegetales y otras molduras muy bien conservadas en el arranque de las bóvedas.

















ZONA C

Veo una puerta en la zona este del claustro y me adentro por ella. Pueden verse claramente los puntos donde se anclaban las vigas que formarían una escalera, cuyo trazado podemos reconstruir perfectamente y que nos llevaría a la planta superior, aunque desgraciadamente no queda nada de ella. En la zona sur de esta estancia un hueco en la pared (que no una puerta) permite el acceso a lo que debió de ser posiblemente el refectorio sobre lo que se dispondrían las celdas. 




Esta disposición es habitual en los eremitorios de la época. De las celdas podemos ver aún las ventanas orientadas al este con sus asientos o bancos adosados, y en uno de ellos, además, se conserva el lucido de la pared original. Pasamos por otro gran arco escarzano a la parte sur de esta zona C (según plano) donde debieron de situarse las cocinas. Sorprende su gran tamaño y una enorme chimenea en el fondo, ahora muy deteriorada. En la zona este unos habitáculos de ladrillos a los que nos acercamos con curiosidad y en los que descubrimos algún tipo de cisterna o aljibe que serviría para el abastecimiento de agua de las cocinas y que suponen el único lugar donde hay que extremar el cuidado en la visita al convento, sin dejar nunca de ser consciente de estar visitando unas ruinas con el peligro que ello conlleva.















ZONAS D, E y F

Lo que aparece en el plano adjunto como zona D, quizá es de la que menos información se puede aportar, por una razón muy clara, al estar completamente poblada de zarzas es imposible acceder a ella. La densidad es tal que por mucho que lo intentamos fue imposible ni asomarse, así es que no podemos determinar los posibles restos que en estas estancias permanecen y aprovechamos para imaginar impresionantes frescos y molduras, aunque la probabilidad de que esto sea así es muy baja, ya que con alta probabilidad se trataban de las zonas dedicadas a almacén, bodegas… En la esquina oeste de esta zona aparece un habitación a la que sí pudimos acceder en la que se reconoce un aljibe o una cisterna, actualmente cegada. 

En la zona E encontramos la portería del convento. Conserva el banco corrido y algunos restos de pinturas interesantes que parecen representar a hombres con los hábitos típicos franciscanos, aunque la verdad es que están muy deterioradas.



La zona F correspondía al seminario de misiones, y se encuentra derrumbada, sólo conserva la fachada este. Los materiales se conservan en grandes montículos ya tapizados por la vegetación, pero que podrían aportar interesante información al no haber sido reutilizados en construcciones cercanas y permaneciendo en su ubicación tras el derrumbe.



Poco más queda por contaros de este convento, sólo emplazaros al blog de Samuel: Extremadura: caminos de cultura, con el que he realizado esta entrada a cuatro manos, cada uno con una forma distinta y particular de mirar y contar lo mirado, y donde se presentan unas interesantes teorías sobre los restos del claustro. No dudéis en pasar por él y disfrutar leyendo este fantástico blog donde, además, se detalla la forma de acceder al recinto. Y como siempre quiero recordar que se trata de una propiedad privada, que debemos ser educados, respetuosos y conscientes de donde estamos, y así no tendremos ningún problema y podremos disfrutar de este pedazo de nuestra historia AL DETALLE.




BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
Boletín de la Real Academia de la Historia. Tomo CLXXX. Número III. Año 1983
Tiempo de Conventos.  Una historia de las fundaciones en la España moderna. Ángela Atienza.
Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de 1791
Los eremitorios en la cuenca del Tajo: en busca de un lugar idóneo. Carmen Díez González

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