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jueves, 11 de agosto de 2016

LA ERMITA DEL VAQUERO, AL DETALLE III. UN NIÑO, UN CARRO Y EL MILAGRO DE LA VIRGEN



Segunda mitad del siglo XVII, Cáceres, como el resto del país, arrastra las estrecheces de guerras que no se sabe cuándo empezaron y cuya sombra parece interminable. Ciudad de nobles y sirvientes, artesanos y pobres, muchos pobres, que miran con desespero a la nobleza pavonearse a la salida de misa en Santa María, en la plaza o paseando a caballo por la Ribera del Marco. Un pequeño de cinco años, destinado a heredar el condado de su padre, pasea una mañana nubosa de invierno con la niñera que lo cuida desde que nació. Al salir de la misa de la mañana en Santa María, como hacían cada día, uno de los caballos amarrados a una carroza que esperaba a los amos en esta misma plazuela, se asustó y desbocó, arrollando al pequeño, al que una de las grandes ruedas aplastó sus cortas piernas. Tendido en el suelo no presentaba ningún signo de vida, no respiraba. La niñera lo agarró con fuerza, con una mezcla de dolor y temor y llevó el inerte cuerpo del infante frente a sus padres, que no podían creer lo que estaba pasando, y que se aferraban al cuerpo de su hijo entre gritos y sollozos. La madre, gran devota de Nuestra Señora de Guadalupe, le pidió a la Virgen que intercediera y salvara la vida de su pequeño, y antes de acabar la plegaria, las nubes de aquella lluviosa mañana de invierno se abrieron, y un resplandeciente rayo del sol entró por la ventana e iluminó la cara del niño que yacía sobre las losas de granito. De pronto éste despertó, como despertaba cada día de su siesta, como si nada hubiera pasado, y en su cuerpo, únicamente las marcas de los grandes clavos de las ruedas. De inmediato comenzó a caminar observando como sus padres, y la niñera que tanto le quería, le miraban con lágrimas en los ojos, sin entender bien qué es lo que estaba pasando. Todos, menos el niño, comprendieron que había ocurrido un milagro gracias a Nuestra Señora Guadalupe. Los padres decidieron contratar los servicios de un pintor local para que realizara un exvoto para que todos conozcamos la bondad y poder de Nuestra Señora de Guadalupe y que durante siglos todos los cacereños sepamos que en 1672 la Virgen obró un milagro y salvó la vida de un niño de cinco años.


Pues, aunque la historia me la he inventado un poco, está basada en el exvoto que cuelga de las paredes de la ermita del Vaquero. Un óleo que nos cuenta con bastante detalle cómo ocurrió este milagro y cuándo. Los exvotos pictóricos fueron muy comunes desde finales del siglo XVII y todo el XVIII. Mostraban el agradecimiento por un prodigio obrado por la divinidad. En iglesias y ermitas abundan estas representaciones, donde la mayoría de los protagonistas son niños. No debemos olvidar las elevadísimas tasas de mortalidad infantil en aquel tiempo. Así, los padres, abuelos, padrinos o tíos, costeaban un exvoto que no sólo expresaba el agradecimiento por el milagro, sino que era una verdadera demostración de un tipo de vida devoto y cristiano para el reconocimiento social de la familia. También servían para darle “caché” a una determinada imagen de un Cristo, la Virgen o un Santo.



En los exvotos pictóricos siempre existen dos partes bien diferenciadas: la terrenal y la textual. En la parte terrenal se representa al beneficiario del favor divino, o en forma de RETRATO, ILUSTRATIVA (que muestra justo el momento del suceso o milagro) o NARRATIVA (con varias escenas que narran el hecho milagroso). La parte TEXTUAL es un pequeño escrito que nos describe lo sucedido con mayor o menor detalle.


El exvoto de la ermita del Vaquero es un retrato que sigue las fórmulas del retrato cortesano infantil del siglo XVII. Aparece el niño de rodillas, en una posición oblicua que aporta dinamismo a lo que en sí es una posición estática, y además da gran profundidad a la escena. Está vestido con ricos ropajes representados muy minuciosamente. Destaca la iluminación y el gran contraste entre el pequeño y el fondo, en una clara influencia del tenebrismo tan común en el barroco. En el fondo vemos la rueda del carro que aplastó las piernas del pequeño. 











En la parte superior izquierda, la zona focal de la iluminación, la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Junto a las rodillas del pequeño un sombrero boca arriba cuyo significado simbólico desconozco. En la esquina inferior izquierda una leyenda ovalada que nos cuenta cómo, dónde y cuándo ocurrió el milagro:

"Estando este niño en la plazuela de Santa María de esta villa, le derribó un coche y le pasó una rueda por sus piernas. Lleváronsele a sus padres, que viendo el caso y viendo a su hijo como muerto, llamaron muy de corazón a la Virgen María del Vaquero, por ser muy sus devotos. Mirando al niño le hallaron solo señales de los clavos sin otra lesión ni daño. A poco, el niño anduvo luego con admiración de los que le vieron bueno. Niño de cinco años. Año de 1672" 




Es un pequeño cuadro bastante deteriorado y muy oscurecido por los años, pero que nos abre una ventana a un tiempo pasado de nobles y milagros. Nos deja asomarnos a un Cáceres de condes, marqueses y muchos pobres y nos ayuda a viajar, AL DETALLE, al pasado de nuestra ciudad

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