Hay un escudo, en la puerta de la enfermería del convento de San Antonio (que muchos conocerán como Convento de las Jerónimas y por sus maravillosos dulces) que llevo mirando de reojo años sin haberme detenido nunca a mirarlo de verdad hasta las rutas que daba el año pasado con ACAUMEX. En uno de los cuarteles un bote de remos, solo, sobre unas ondas de mar, sin nadie que lo gobierne (1). En ese escudo aparece el linaje Del Barco, y hasta hace unas semanas era, para mí, uno más entre los ciento cincuenta y seis que llevo catalogando desde que empecé a redactar el animalario heráldico de esta ciudad (del que ya os hablaré más adelante). Un escudo tranquilo, sin sobresaltos: una barca vacía, nada más, siendo uno de cuatro de los linajes representados.
Pero ese mismo apellido reaparece, apenas unos metros más adentro, en el interior, policromado, en la propia enfermería —el escudo cuartelado de Cabrera, Vega y Barco—, y allí la barca ya no va vacía: la gobierna un barquero en forma de caballero, tocado con plumas y armado de coraza (que no he podido fotografiar por estar en clausura) (2). Pedro Cordero Alvarado, el hombre que más y mejor ha catalogado la heráldica de esta ciudad a lo largo de tres obras de referencia, describe ambas versiones con precisión, sin que en ninguna de las dos aparezca jamás un animal, por lo que no le dí mucha importancia para mi animalario.
Y ahí podría haberse quedado la cosa, en una curiosidad menor sobre un apellido con dos escudos y ningún animal. Pero este mismo linaje, aparece también en el escudo de Topete, Ulloa, Barco y Golfín, en la capilla del Cristo de la Encina, en la iglesia de San Mateo, y claro, he estado recorriendo todas las iglesias fotografiando escudos y allí me planté. Y donde esperaba encontrar una tercera repetición tranquila del mismo escudo, encontré tres más. Tres, y ninguna igual a las anteriores, ni iguales entre sí Y CON TRES ANIMALES DISTINTOS.
En esa capilla hay, nada menos, tres representaciones distintas del escudo familiar: el retablo, en su parte baja y en su parte alta, y una lauda funeraria en el suelo, fechada en 1758. Y las tres, esta vez sí, muestran un barquero acompañado de un animal —pero un animal distinto en cada una. En el retablo bajo, la figura junto al remero tiene orejas puntiagudas y un hocico alargado, más cerca de un perro o una oveja que a cualquier otra cosa. En el retablo alto, la misma barca, el mismo apellido, pero el animal parece más bien un becerro. Y en la lauda del suelo, la más erosionada de las tres, se adivina algo con silla de montar —¿un caballo?, ¿un burro?— que no se parece a ninguno de los dos anteriores.
| Escudo en el altar de la Capilla del Cristo de la Encina |
| Escudo en el altar de la Capilla del Cristo de la Encina |
| Escudo en la parte alta del retablo de la Capilla del Cristo de la Encina |
| Escudo en lauda de la Capilla del Cristo de la Encina |
| Escudo en lauda de la Capilla del Cristo de la Encina |
Cinco escudos, un mismo apellido, y ni uno solo repite exactamente a otro: la barca sola de la fachada, el caballero emplumado del interior, y los tres animales distintos de San Mateo. Y ninguno de ellos, ni el barquero-guerrero ni ninguno de los tres animales, aparece descrito en las tres obras de Cordero Alvarado, ni tampoco en la monografía de Florencio-Javier García Mogollón sobre la propia historia de San Mateo, que documenta con detalle la capilla sin reparar en sus pasajeros.
Porque de la capilla sí sabemos bastante. Antiguamente dedicada a San Juan Bautista, fue fundada por doña Juana González Duyós y Paredes según su testamento de 1541, y se construyó entre 1548 y la década de 1590 —cronología que coincide, según García Mogollón, con sus elementos constructivos (3). Durante generaciones fue propiedad del linaje Ulloa y sus alianzas, hasta que en 1761 don Pedro José Topete y Barco y su esposa costearon el gran retablo rococó que hoy la preside, y colocaron en su coronamiento y en su lauda funeraria el escudo cuartelado con las armas de los cuatro apellidos.
El templo que los acoge tiene, a su vez, una historia larga: se levanta sobre el solar de una antigua mezquita, y en sus obras, iniciadas en el siglo XVI, se sucedieron varios maestros —Esteban de Lezcano, Pedro Ezquerra, Pedro de Marquina y, por último, Pedro de Ibarra—, mientras que el retablo mayor, de pino sin policromar según la costumbre extremeña, se atribuye al mismo Vicente Barbadillo que, poco después, tallaría también el retablo de nuestra capilla (4).
Cien ducados costó el retablo de los Topete y Barco. Una cifra nada desdeñable para 1761, y una prueba de que a esta familia le importaba, y mucho, dejar su huella en aquella capilla.
Y aquí es donde el escudo, sin resolverse, se convierte en la puerta de entrada a una historia todavía más grande. Porque ese mismo Pedro José Topete y Barco, el mismo año en que encargó el retablo heráldico, encargó también un lienzo para presidir la pila bautismal de la capilla: un óleo de más de dos metros de altura que no habla de linajes ni de escudos, sino de un árbol que, según cuenta la tradición, sangró luz al otro lado del Atlántico. El cuadro recibiría, dos años después, licencia del obispo de Coria para celebrar su fiesta cada 14 de septiembre —lo que sitúa su conclusión, con bastante precisión, hacia 1763 (5).
El tema, conocido en Extremadura como el Cristo de la Encina, arraigó con especial fuerza en la comarca de Alcántara, de donde procedía precisamente la familia de nuestro comitente (6). Su origen se remonta a un relato publicado en Roma en 1646 por el jesuita Alonso de Ovalle: en 1636, en el valle chileno de Limache, un indígena que talaba un laurel para cubrir unas casas se detuvo, hacha en alto, al descubrir que el tronco había formado por sí solo una cruz perfecta, y sobre ella, tallado en la misma madera, un cuerpo crucificado. Corrió la voz del prodigio, y una devota de la comarca mandó edificar una iglesia donde venerarlo (7). El relato, ilustrado con grabados que pronto sustituyeron al indígena chileno por la imagen más reconocible en Europa de un indio tupí emplumado, viajó durante el siglo XVIII por buena parte del mundo hispano, dejando lienzos hermanos en Valencia de Alcántara, San Vicente de Alcántara, Membrío y Fuente de Cantos.
Pero la tradición oral recogida en tierras alcantarinas —y en particular en Ceclavín, localidad de la que también procedía la familia de nuestro comitente— cuenta una historia bastante más concreta y menos remota, que bien pudo ser la que de verdad inspiró a los Topete y Barco: la de un hacendado ceclavinero afincado en la boliviana Copacabana, cuya devota costumbre de rezar junto a una encina traída de Extremadura fue atrayendo a dos hermanos del pueblo inca, Yupanqui y Tupac. Uno, el más templado, terminó convirtiéndose al cristianismo; el otro, enfurecido por ello, se alejó de la hacienda —hasta que, tiempo después, quiso talar aquel mismo árbol, y encontró bajo su corteza la imagen del Crucificado que terminaría llevándolo también a él, finalmente, a la fe y al matrimonio con la hija de su anfitrión (8).
Así que ahí lo tenemos: un mismo hombre, un mismo año, una misma capilla, y dos encargos que dialogan entre sí sin que nadie, hasta donde yo he podido rastrear, lo haya señalado antes. Por un lado, la memoria de su propio linaje, tallada nada menos que tres veces en piedra y madera policromada. Por otro, la memoria de un árbol convertido en Cristo en algún lugar remoto de los Andes o de Chile, traído seguramente por las mismas rutas familiares que unían Alcántara con las Indias.
Y en medio de las dos historias, sin resolverse todavía, esos tres pasajeros de la barca que cambian de forma según qué talla se mire: perro en el retablo bajo, becerro en el retablo alto, quizá caballo o burro en la lauda del suelo.
Los he mirado con linterna, con luz rasante, en fotografías de mañana y de tarde, y sigo sin poder jurarlo. Puede que nunca lo sepamos —puede que ni siquiera fuera nunca una figura heráldica «oficial», sino un añadido libre de cada artesano—. Pero si alguien que lea esto conoce la capilla del Cristo de la Encina, o ha visto de cerca esa lauda del siglo XVIII, o simplemente tiene mejor vista que la mía, esta puerta sigue abierta. A veces la ciudad guarda sus mejores historias no en lo que sus piedras dicen con claridad, sino en lo poco que se resisten a contar del todo.
(1) Cordero Alvarado, P., Guía Heráldica de Cáceres [separata de la obra inédita Blasones y piedras nobles de la ciudad de Cáceres], Cáceres, Editorial García Plata, 1989; íd., Cáceres en sus escudos y monumentos, Cáceres, Editorial García Plata, 1991.
(2)Cordero Alvarado, P., Una rara joya heráldica: la enfermería de San Antonio de Cáceres, Cáceres, Institución Cultural «El Brocense», 2001, escudo n.º 18.
(3) García Mogollón, F. J., La parroquia de San Mateo de Cáceres: historia y arte, Cáceres, 1996.
(4)«Iglesia de San Mateo (Cáceres)», Wikipedia. La iglesia se levanta sobre el solar de una antigua mezquita; dirigieron sus obras Esteban de Lezcano, Pedro Ezquerra, Pedro de Marquina y Pedro de Ibarra, y el retablo mayor, de pino sin policromar, se atribuye a Vicente Barbadillo.
(5)Cámara del Arte, «Cristo de la Encina», ficha técnica (lacamaradelarte.com). El lienzo, óleo sobre lienzo de 211×159 cm, recibió licencia episcopal para su fiesta anual el 14 de septiembre en 1763.
(6)Pizarro Gómez, F. J., «Extremadura en el viaje iconográfico del Cristo de la Encina entre Europa y América», Quiroga, 12 (2017), pp. 72-83.
(7)Ovalle, A. de, Histórica relación del Reyno de Chile, Roma, 1646, cap. XXIII.
(8)Pizarro Gómez, F. J., op. cit., p. 80, n. 22, con cita de Rosado Vidal, J., Bosquejo histórico de la villa de Ceclavín, 1927.
(2)Cordero Alvarado, P., Una rara joya heráldica: la enfermería de San Antonio de Cáceres, Cáceres, Institución Cultural «El Brocense», 2001, escudo n.º 18.
(3) García Mogollón, F. J., La parroquia de San Mateo de Cáceres: historia y arte, Cáceres, 1996.
(4)«Iglesia de San Mateo (Cáceres)», Wikipedia. La iglesia se levanta sobre el solar de una antigua mezquita; dirigieron sus obras Esteban de Lezcano, Pedro Ezquerra, Pedro de Marquina y Pedro de Ibarra, y el retablo mayor, de pino sin policromar, se atribuye a Vicente Barbadillo.
(5)Cámara del Arte, «Cristo de la Encina», ficha técnica (lacamaradelarte.com). El lienzo, óleo sobre lienzo de 211×159 cm, recibió licencia episcopal para su fiesta anual el 14 de septiembre en 1763.
(6)Pizarro Gómez, F. J., «Extremadura en el viaje iconográfico del Cristo de la Encina entre Europa y América», Quiroga, 12 (2017), pp. 72-83.
(7)Ovalle, A. de, Histórica relación del Reyno de Chile, Roma, 1646, cap. XXIII.
(8)Pizarro Gómez, F. J., op. cit., p. 80, n. 22, con cita de Rosado Vidal, J., Bosquejo histórico de la villa de Ceclavín, 1927.

Comentarios
Publicar un comentario