Después de muchos días de lluvias, e incluso de un día en alerta roja por vientos, salió tímidamente el sol y algunas fechas que celebrabas cuando la vida era otra y que ahora sólo quedan como un recuerdo doloroso que no te atreves a compartir con nadie, necesitan de un extra de sol y deporte para pasar, como el tragón que damos a una de esas enormes pastillas que cuesta tragar. El paseo de hoy, observando una naturaleza en parte durmiente y a la vez exultante por toda el agua caída, me ha hecho reflexionar sobre la manera o estrategias que podemos tomar para sobrevivir, porque caminar por la vertiente sur de La Montaña (la solana) de nuestro Cáceres, es enfrentarse a una geografía de la resistencia. Ante un viejo muro de piedra, he comprendido que la naturaleza nos ofrece dos caminos opuestos para afrontar la dificultad: el de la Coscoja y el de la Doradilla.
La coscoja, Quercus coccifera, se presenta como un arbusto perennifolio de la familia de las Fagáceas. Su morfología está diseñada para la guerra contra la evaporación: posee hojas simples, alternas y coriáceas (de consistencia similar al cuero). El margen foliar está provisto de dientes espinosos que protegen a la planta de la presión herbívora. Su envés es verde y glabro (sin pelos) lo que delata su adaptación a suelos pedregosos y climas donde el sol de la solana castiga sin tregua. Su fruto es una bellota cuya cúpula está cubierta de escamas punzantes, reafirmando su carácter inexpugnable.
La doradilla, Asplenium ceterach, es un pequeño helecho de la familia Aspleniaceae y un prodigio de la fisiología vegetal. Sus frondes (hojas) son pinnatífidas, divididas en lóbulos alternos y redondeados. Lo más fascinante es su dimorfismo estacional: en ausencia de agua, las frondes se enrollan hacia el haz, ocultando el verde y exponiendo un envés densamente cubierto de pateas (escamas) de color ferruginoso o dorado. Estas escamas actúan como una barrera reflectante contra la luz y evitan la desecación total del tejido. Al llover, las células recuperan su turgencia mediante un proceso de rehidratación casi instantáneo, desplegando de nuevo el tejido fotosintético.
En los muros de Cáceres, la vida no es solo supervivencia, es una elección de estilo, de estrategias para sobrevivir: la coscoja nos enseña a poner límites y a mantener la estructura frente al mundo externo, mientras que la doradilla nos enseña el arte de la paciencia y la fe en que el repliegue no es una derrota, sino una preparación. Quizás vivir consista en saber cuándo necesitamos ser arbusto espinoso y cuándo necesitamos ser el helecho que se ovilla, confiando ciegamente en que la lluvia, tarde o temprano, volverá a caer para recordarnos quiénes somos. Y entre reflexión y pensamientos he aprovechado para enseñaros estas dos plantas, Al Detalle.














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