En unos de mis paseos de fin de semana, cuando la insistente lluvia nos dio un respiro, salí temprano hacia la Sierra de la Mosca, cuando la mañana todavía no ha aprendido del todo a ser día. A esa hora, la luz parece dudar, tantea las cosas con una timidez líquida antes de entregarse por completo. En la ladera de la solana, subiendo la cuesta de Cantarrana, el aire olía a romero y a piedra recién templada; el sol, aún bajo, lamía los troncos torcidos de las encinas, y cada gota de rocío sobre las coscojas brillaba como un secreto recién recordado. Todo respiraba una claridad inicial, y con ella esa ilusión infantil de que el mundo, por un momento, vuelve a ser posible.
Encontré unas ruinas por las que había pasado cientos de veces, pero que hasta ese día habían permanecido, al menos para mí, ocultas entre la vegetación. Caminé entre ellas y parecían encenderse con la primera luz. En una casa sin techo, las sombras aún dormían en el interior de la chimenea; varias paredes se mantenían, milagrosamente en pie, y me emocionó la hornacina donde debió guardarse el pan o la sal. Había belleza en esa precariedad, la pureza de lo que ya no compite con el presente. Y sentí que, pese a su abandono, aquellas piedras sostenían aún una forma de amor callado: el de quienes las levantaron sabiendo que algún día no estarían para verlas caer.
La senda comenzó a girar entonces hacia el norte, hacia esa región del monte donde la luz se interrumpe. De pronto la temperatura bajó, y el sol, aunque cercano, parecía un testigo ausente. Entraba en la umbría. Los pasos resonaban sobre un suelo húmedo, blando; el silencio tenía allí otra textura, más honda, más de adentro. Entre los ruscos y hojas secas de castaño, las ruinas aparecían cubiertas de musgo, casi disueltas en su propia paciencia.
Me detuve frente a una pared vencida por las lluvias. Tocarla era como rozar el borde de un recuerdo. La piedra estaba fría, pero de su interior emanaba una especie de calor invertido, la memoria de un fuego extinguido hace demasiado tiempo. Pensé que toda ruina vive de eso: del rescoldo invisible de lo que ya no arde, de la insistencia en permanecer incluso cuando nadie mira.
El camino se hizo cada vez más umbrío, como si la montaña misma recordara también algo que le dolía. No hay ruina sin sombra, ni sombra sin una claridad anterior. En la quietud, a veces me parecía escuchar un murmullo lejano, quizá el eco de unas voces antiguas o tal vez mi propio pensamiento deshaciéndose. Comprendí entonces que esas casas de campo y yo compartíamos una misma enfermedad: la de haber creído en la permanencia de lo inestable.
La nubes comenzaron a llegar, lentas y decididas, y en la umbría la luz llegaba aún más marchita, como si el día se rindiera antes de tiempo. Me senté sobre un murete, cansado, y dejé que el silencio ocupara el lugar de las palabras. Sentí que la montaña respiraba conmigo, y que entre sus grietas habitaba algo más grande que la tristeza: la aceptación.
Porque hay en la ruina, como en ciertos amores que ya no son, una persistencia que no pertenece al tiempo. Se derrumba la materia, pero la forma del afecto queda suspendida en el aire, invisible y obstinada, igual que ese olor a leña que persiste mucho después de que el fuego se haya apagado.
Regresé para la hora de comer cuando la lluvia amenazaba con acompañar mis pasos. Desde la solana hasta la sombra, el paseo no había sido sino una lección sin palabras: la del mundo enseñando su modo de desaparecer. Y supe entonces que la belleza, cuando se mira con verdad, no consuela, pero acompaña. Como las ruinas, como los recuerdos, como todo aquello que se resiste a ser solo olvido y que nos ofrece su comprensión en nuestra querida Montaña si la intentamos entender, Al Detalle.

































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