El que siga con más o menos asiduidad el blog, sabrá de mi afición por mirar esos detalles que, aún estando ahí, suelen pasar inadvertidos a nuestras miradas. Cuando uno entra en la Concatedral de Santa María de Cáceres, por ejemplo cuando baja la Virgen, y camina con paso lento hacia el altar mayor para ver si esta vez ha adivinado el color del manto y así se le concederá un deseo, la mirada casi nunca se eleva hacia el techo del presbiterio. Pero allí arriba, a varios metros del suelo, se despliega una de las joyas más singulares y desconocidas de nuestro patrimonio: una esbelta bóveda granítica de crucería estrellada repleta de dragones, los símbolos de la Virgen y un Arcángel.
La bóveda, trazada a finales del siglo XV, es una estructura de piedra que guarda un secreto que la hace única en la región. No es un techo de granito gris, frío y austero: es un auténtico lienzo donde los maestros del gótico tardío plasmaron, con pincel y con piedra, un vibrante programa teológico en el que el Bien y el Mal se baten en un duelo silencioso y eterno.
Sabemos quién dirigió esta obra gracias a un hallazgo documental conservado en el Archivo Histórico Nacional (legajo 31.214) (1): un pleito entre Pedro de Larrea —maestro mayor del Convento de San Benito de Alcántara y, según parece, uno de los iniciadores de la magna obra de San Marcos de León— y la propia Orden de Alcántara, que le había despojado de su maestría mayor. Gracias a ese pleito sabemos que Larrea dirigió durante varios años las obras de Santa María de Cáceres, hasta que en 1505 fue llamado a hacerse cargo de la fábrica de San Benito y abandonó la iglesia cacereña. A partir de entonces, sus colaboradores Diego Alonso Barreras y Juan Benito "el Viejo" —que desde 1494 participaban ya en otras destacadas obras de la ciudad— quedaron al frente de los trabajos. El propio pleito recoge el testimonio de Juan de Talavera, maestro cantero que actuó en Santa María como aparejador. Todo apunta a que estas obras, dirigidas primero por Larrea y luego por sus colaboradores, fueron las que ampliaron el templo hasta sus proporciones actuales y levantaron la totalidad de la bóveda, cuyo estilo coincide exactamente con esos años, a caballo entre el final del siglo XV y el primer tercio del XVI.
La bóveda llegó hasta nosotros en buen estado de conservación, y una intervención realizada a comienzos de 2013 se limitó a limpiarla, consolidar su soporte pétreo y reintegrar con colores reversibles algunas zonas puntuales donde el color se había perdido. No fue, por tanto, un rescate de la ruina, sino un cuidado delicado: el que permite que hoy podamos seguir leyendo este cielo medieval casi como lo vieron quienes lo encargaron, hace más de quinientos años.
Lo que más sorprende al visitante curioso que se detiene a mirar son las figuras que parecen reptar por los nervios de piedra: dragones. Pintados con un naturalismo sobrecogedor, propio de la sensibilidad hispanoflamenca de la época, estos monstruos lucen fauces abiertas, cuerpos cubiertos de escamas, orejas puntiagudas y colmillos afilados. Sus siluetas, coloreadas en tonos rojizos, verdosos, ocres, amarillos y blancos, se disponen sobre los nervios como si reptaran hacia el centro del techo, y varias de ellas aparecen afrontadas, mirándose entre sí en una tensión que recorre toda la bóveda.
¿Qué hacen unos dragones en un lugar tan sagrado? Lejos de ser un capricho ornamental, estas bestias tienen un sentido teológico preciso. Remiten directamente al pasaje del Apocalipsis de San Juan (12, 3): «Apareció en el cielo otra señal, y vi un enorme dragón de color de fuego, que tenía siete cabezas y diez cuernos…», la criatura que amenaza a la mujer encinta, figura de la Iglesia y, por extensión, de la propia Virgen María.
Los dragones representan así las fuerzas del caos, el pecado y la amenaza demoníaca que acechan al mundo terrestre. Pero en la mentalidad medieval, el Mal nunca tiene la última palabra: ya el propio Apocalipsis (12, 7-9) cuenta cómo ese mismo dragón será derrotado por el Arcángel San Miguel y sus ángeles. Y esa derrota, lejos de quedarse en el texto, también está representada ahí arriba, en piedra y color.
Frente a la amenaza reptante de los dragones, la clave central de la bóveda ofrece el refugio definitivo. Labrada y policromada en azul y oro, esta clave está consagrada por entero a la titular del templo: la Virgen María.
La clave de la bóveda secundaria, en el primer tramo del ábside, repite el motivo de la jarra de azucenas con idéntica policromía, como un eco que confirma el mismo mensaje. Se complementan así, en una sinfonía visual de azules y oros, con tracerías vegetales, flores de lis y las pomas o esferas góticas tan características de los años finales del siglo XV y los primeros del XVI.
Pero además, enmarcado por ondulantes rayos de tonos rojizos, aparece un escudete con la figura del Arcángel San Miguel: ataviado con armadura y portando una cruz, el capitán de los ejércitos celestiales se enfrenta directamente a la bestia demoníaca, recordando al fiel —entonces y ahora— que el dragón, por temible que parezca sobre nuestras cabezas, ya está vencido.
Mirar la bóveda del presbiterio de Santa María de Cáceres es hacer un pequeño viaje en el tiempo, a una época en la que pintura, arquitectura y teología se fundían para educar y conmover al espectador sin necesidad de palabras. Esos dragones de colores que parecen deslizarse por el granito, esa Virgen resguardada en oro y azul, ese San Miguel con la cruz en alto, nos recuerdan que los templos no se pensaban en blanco y negro, sino llenos de color, de símbolo y de contraste.
Así es que la próxima vez que entres en la Concatedral, deja el móvil un instante, inclina la cabeza hacia atrás y déjate atrapar por la batalla que, desde hace más de quinientos años, se libra en silencio sobre el altar mayor de nuestra querida Santa María, y por eso os la he querido mostrar hoy, Al Detalle.
(1). Concatedral de Cáceres. Santa María La Mayor. Florencio-Javier García Mogollón.Editorial Edilesa. 1993.












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