Hay días en que el cielo deja de ser un telón de fondo y se convierte en protagonista. El 12 de agosto de 2026 será uno de ellos en Cáceres: la luz de la tarde empezará a apagarse sin que haya llegado la noche, las sombras se afilarán de una manera que no reconoceremos, y durante unos minutos el Sol se dejará morder casi por completo por un disco negro y silencioso. Hay algo profundamente humano en detenerse a mirar ese instante: la ciencia explica con precisión de segundos por qué ocurre, pero no explica del todo por qué, cuando ocurre, se nos encoge el pecho.
El 12 de agosto de 2026, Cáceres hace algo que esta ciudad ya hizo, casi con las mismas cifras, hace ciento veintiséis años: pararse en mitad de la tarde a mirar cómo la Luna le roba el sol al día. El eclipse de esa fecha cubre en Cáceres capital un 97,49% del disco solar, con el Sol ya muy bajo, apenas a 9 grados sobre el horizonte, en pleno atardecer de verano (1). No se llega a ver la noche cerrarse sobre la ciudad, para eso habría que viajar a la estrecha franja de totalidad que cruza el norte de España (2), pero sí un anochecido extraño, prematuro, de una tarde de agosto que de pronto no sabe qué hora es.
Y aquí viene la primera sorpresa, la que me llevó a rebuscar en la prensa de hace más de un siglo: esa cifra, 97,49%, es casi calcada a la que vio Cáceres el 28 de mayo de 1900. Aquel día, según consignó con precisión matemática un astrónomo aficionado que escribía desde Logrosán, el eclipse alcanzó en la capital cacereña "once y nueve décimas" sobre doce dígitos posibles: un 99% redondo (3) Dos eclipses separados por 126 años, y Cáceres viendo desaparecer el Sol casi por completo en ambos, sin llegar nunca a la oscuridad total. Merece la pena saber lo que vieron, y lo que sintieron, quienes miraron aquel otro eclipse el 28 de mayo de 1900.
La historia no empieza con el eclipse, sino con los preparativos, y esos preparativos empiezan, como corresponde a la España de la Restauración, con un papel administrativo. El 28 de febrero de 1900, el Gobernador Civil de la provincia, José Díaz de la Pedraja, firmaba una circular casi burocrática que hoy, leída con la distancia del tiempo, resulta reveladora: anunciaba que el Instituto Geográfico y Estadístico iba a enviar dos brigadas para determinar con exactitud la latitud geográfica de Plasencia y Navalmoral de la Mata. No era un capricho topográfico. Esos cálculos, decía la circular, eran "base necesaria é imprescindible" para los trabajos que, sobre el eclipse total de sol del 28 de mayo venidero, iban a realizar en esos mismos puntos "varias Comisiones científicas del extranjero"(4).
Tres meses antes de que la Luna tapara el Sol, media Europa científica ya tenía la vista puesta en dos pueblos cacereños que hasta entonces solo destacaban por tener estación de ferrocarril.
Avanza la primavera y el tono cambia. El 11 de mayo, apenas diecisiete días antes del fenómeno, un nuevo Gobernador Civil, Joaquín Santos Ecay, el cargo había cambiado de manos, firma la Circular núm. 45, y esta vez el lenguaje administrativo se vuelve casi solemne, casi orgulloso:
«Con motivo del eclipse total de sol que tendrá efecto el día 28 del corriente, algunas poblaciones de esta provincia han de verse, en breve, honradas por comisiones de astrónomos, tanto extranjeros como nacionales [...]. La extremada cultura de los habitantes de Cáceres, hace totalmente ocioso, á tal propósito, todo linaje de recomendaciones que tiendan á encarecer la imperiosa necesidad de recibir y tratar á esos sabios eminentes con aquellas obligadas deferencias y atenciones que tanto acreditan la cortesía de un pueblo.» (5)
Hay algo entrañable en ese cambio de registro: de la fría logística geodésica de febrero a la diplomacia cultural de mayo, como si la provincia entera se preparase, ilusionada, para recibir visita. Y la visita, en efecto, llegó, aunque no exactamente a Cáceres capital. La franja de totalidad, esa banda de sombra de apenas 70 a 90 kilómetros de ancho donde el día se convertía realmente en noche, entraba en Extremadura por la Sierra de Gata, seguía el valle del Alagón (Coria, Montehermoso), cruzaba Plasencia, el Valle del Jerte, la Vera y Campo Arañuelo, con Navalmoral de la Mata como epicentro, y continuaba después hacia Ciudad Real, Albacete y Alicante, hasta morir en Elche.(6)
Plasencia y Navalmoral, por tener ferrocarril, se convirtieron en el destino de una auténtica fiebre viajera. La víspera del eclipse se habían vendido ya más de cuatro mil billetes de ida y vuelta de Madrid a Navalmoral, en vagones de primera, segunda y tercera clase, a 3 pesetas para grupos de más de tres personas. La demanda desbordó las previsiones: se expidieron billetes con recargos de hasta el 25% sobre el precio original, y desde la estación de Delicias salieron esa mañana tres trenes con más de mil pasajeros cada uno, seguidos de un cuarto tren de lujo con 400 viajeros y un quinto con otros mil más.(6)

Entre los que sí sabían exactamente lo que iban a ver aquel día estaba un personaje que merece presentación propia: Mario Roso de Luna, abogado, polígrafo y astrónomo aficionado nacido en Logrosán, colaborador de la recién nacida Revista de Extremadura. Roso de Luna no era un desconocido en el mundo científico: siete años antes, el 5 de julio de 1893, había descubierto a simple vista, y antes que nadie, un cometa que quedó registrado en los anales de la Astronomía con su propio apellido (el cometa Roso). La revista, al presentarlo a sus lectores, no podía ocultar el orgullo: "¿pudo hacer más, á los veinte años, ó poco más, que inmortalizar su nombre desde Logrosán?" (7)
En el número de mayo de 1900 de la Revista de Extremadura, Roso de Luna firmó un artículo titulado sencillamente "Eclipse de Sol del 28 de Mayo", y lo abrió con una imagen que todavía hoy da escalofríos de tan bien construida. Habla de una tablilla cuneiforme del Museo Británico, descifrada por los jesuitas Strassmayer y Epping, que registra un eclipse de Luna ocurrido 522 años antes de Cristo. Y entonces escribe:
«Cuando pasen los siglos y ni huella quede en el planeta de todo lo que en nuestro derredor hoy vive y se agita, acaso algún bibliófilo sabio encontrará la coincidencia singularísima del gran eclipse total de Sol de 28 de Mayo [...] y la encontrará consignada, cual en caldeo jeroglífico, en nuestra Revista de Extremadura.» (8)
Roso de Luna no se limita a la erudición: describe, con precisión de cronómetro y prosa de folletín, el trayecto físico de la sombra lunar. La cuenta partiendo de las costas del Pacífico y la California mexicana, cruzando México del Norte y las bocas del Misisipí, sobrevolando Florida, "flotando" sobre las olas del Atlántico "como si espolvoreara sus blancas espumas con ceniza", y llegando finalmente a la península por Oporto, a una velocidad de unos 65 kilómetros por minuto. Y entonces, casi como quien lee un horario de trenes, da los tiempos exactos de llegada a nuestra tierra: Ovar, 2h 28m; Hoyos, Coria y Plasencia, 2h 32-33m; Navalmoral, 2h 33m (9). En Plasencia, precisa más adelante, la totalidad —apenas noventa segundos— caía "a las tres y cincuenta y un minutos", y el eclipse completo terminaba "una hora después, a las cinco y un minuto" (10).
Y da, además, el dato que buscábamos para cerrar el círculo con el eclipse de 2026: la magnitud exacta en cada provincia. En Badajoz, "once dígitos y unas siete décimas"; en Cáceres, "once y nueve décimas", es decir, prácticamente el mismo 99% que vuelve a marcar el 12 de agosto de 2026, aunque entonces el fenómeno ocurría a mediodía y ahora muere con el atardecer (3).

Pero el hallazgo más precioso, el que de verdad permite ver aquella tarde con los ojos de un cacereño de 1900, llegó en el número siguiente de la revista, el de junio. Se titula "Observaciones hechas en Cáceres durante el eclipse de Sol de 28 de Mayo de 1900", y está firmado por Casto Ibarlucea, catedrático de Agricultura, y J. Sanguino, profesor auxiliar del Instituto. No es una crónica, es un informe científico dirigido nada menos que al Director del Observatorio Astronómico y Meteorológico de Madrid, con un rigor metodológico que sorprende: pusieron sus relojes en hora con el gnomon del torreón de la Plaza, cuya buena marcha cuidaba el relojero de la ciudad, Sr. Capdevielle, y eligieron dos puestos de observación: la torrecilla del Instituto, ya usada como observatorio en otros años, y un altozano junto a San Francisco, en pleno recinto ferial, deliberadamente elegido para observar cómo reaccionaba el ganado congregado por la feria.11
Lo que anotaron aquella tarde, minuto a minuto, tiempo medio de Cáceres, es pura literatura involuntaria.
- Al comenzar el eclipse solo había una cigüeña en cada nido de las torres de la iglesia del Instituto; a las 3h 39m volvieron todas, de golpe, a sus nidos.
- Una paloma zurita, azorada, entró por una ventana de la Secretaría y se quedó posada en un cristal, sin huir hasta que alguien se acercaba a menos de tres metros.
- Las ovejas de los rediles de la feria se pusieron inquietas y balaron casi todas al llegar la fase máxima; el ganado vacuno se desasosegó tanto que los vaqueros tuvieron que contenerlo.
- Dos enjambres de abejas se alborotaron en el momento culminante; parte de uno se refugió dentro de una tinaja de tierra a medio tapar.
- Un hormiguero, en cambio, siguió acarreando grano sin inmutarse pese a la caída de luz.
- Curiosamente, una paciente con crisis nerviosas crónicas desde hacía dieciséis años no mostró alteración alguna, tan calmada como cualquier otro día.
- Una acacia conocida como "aromo" movió sus hojuelas como disponiéndose al sueño, igual que en los crepúsculos.
- A las 3h 18m ya se veía Venus con claridad; a las 3h 25m, gorriones y aviones se juntaban chillando en el aire "como antes de la puesta del Sol"; alguien oyó cantar un gallo desde el Instituto.
- Las nubes hacia la Sierra de Cañaveral tomaron un tinte rojizo, casi rosado, y el cielo al norte se oscureció con un matiz mate. A las 3h 40m y 30s, la luz volvió de golpe (11).
Cáceres, igual que en 2026, no llegó a ver la noche cerrada. Para eso hubo que viajar, como hizo un corresponsal de El Correo de Extremadura de Badajoz que firmaba como R. de Miguel, hasta Ovar, en la costa portuguesa, el mismo punto donde Roso de Luna había situado la llegada de la sombra a las 2h 28m. Escogieron ese lugar, cuenta, "por ser el viaje más corto", en doce horas podían ir y volver de Badajoz a Oporto, y "porque era el punto de máxima duración en la península". Se instalaron en una colina entre pinos, con vista al mar, sobre un suelo arenoso que permitía apreciar bien los cambios de luz.(12)
Su relato del instante final es, sencillamente, hermoso:
«Lo que sí nos proporcionó, á pesar de lo prevenidos que estábamos, emoción profunda, fué el corte del último rayo de sol [...]. La desaparición del último rayo produce efecto de movimiento visible de la luna, y como esta aparece enseguida con su negra mole [...] vimos brillar á Mercurio al lado del sol, á Aldebarán [...] y algunas otras estrellas.» (12)
Y remata con una reflexión que conecta directamente con cualquiera que mire el eclipse del 12 de agosto de 2026: lo verdaderamente asombroso no es la oscuridad en sí, sino comprobar de golpe, con los propios ojos, lo que hasta entonces solo se sabía de memoria: que allá arriba hay, de verdad, "un astro obscuro flotante en el espacio". Mientras tanto, en la propia Badajoz, la escena se parecía mucho a la que vivió Cáceres capital: "no había balcón, terrado ni calle en que no hubiese curiosos con cristales ahumados", y durante días no se habló de otra cosa (13).
La historia tiene un cierre casi novelesco. El número de junio de la Revista de Extremadura cuenta que Roso de Luna, agregado a la comisión del Observatorio, viajó a Plasencia, donde los placentinos le festejaron con un banquete, y que su artículo fue "celebrado por el Sr. Íñiguez y demás astrónomos de Madrid" (14).
Meses después, en septiembre, El Correo de Extremadura recordaba que Victoriano F. Ascarza, director de El Magisterio Español, había conseguido medir la raya verde del espectro de la atmósfera solar durante la totalidad (15). La noticia, contada en dos líneas por el periódico, escondía en realidad uno de los grandes enigmas científicos de la época. Esa tenue raya verde, detectada por primera vez durante el eclipse de 1869, no coincidía con la de ningún elemento químico conocido en la Tierra, y llegó a bautizarse, provisionalmente, como "coronio", un supuesto elemento nuevo que hasta el mismísimo Mendeléiev llegó a incluir en sus especulaciones sobre la tabla periódica. El misterio tardaría todavía cuarenta años más en resolverse: no fue hasta 1939-1940 cuando los físicos Walter Grotrian y Bengt Edlén demostraron que aquella raya no pertenecía a ningún elemento exótico, sino a hierro corriente, sometido en la corona solar a temperaturas de más de un millón de grados, tan extremas que le arrancan trece electrones a cada átomo, la primera prueba indirecta de que la corona del Sol es, paradójicamente, muchísimo más caliente que su propia superficie visible (16). Ascarza, midiendo aquella raya desde España en 1900, no llegó a resolver el enigma, pero sí formó parte, sin saberlo del todo, de la larga cadena de observaciones que acabaría por hacerlo: hazaña por la que el Gobierno terminó concediéndole una condecoración (17).
Ciencia oficial, ciencia de aficionados, devoción popular y hasta miedo supersticioso: todo cupo, aquel 28 de mayo de 1900, bajo el mismo cielo que Cáceres vuelve a mirar el 12 de agosto de 2026, gafas de eclipse en mano y, esta vez, con un cielo completamente despejado que permite verlo con toda nitidez, algo que los astrónomos de Logrosán y Plasencia, pendientes del tiempo hasta el último momento, no tuvieron la certeza de tener.
Y quizá esa sea, después de todo, la verdadera continuidad entre 1900 y 2026: no tanto las cifras que casi se repiten, ni los vidrios ahumados con candelillas convertidos hoy en gafas certificadas, ni los telescopios de Grubb sustituidos por el que cualquiera lleva en el bolsillo del pantalón. Lo que viaja intacto a través de ciento veintiséis años es la reacción del cuerpo humano ante un cielo que, por unos minutos, decide desobedecer sus propias reglas: el silencio repentino de los pájaros, el frío que sube sin que baje el termómetro, ese escalofrío que no es de temperatura sino de asombro, la necesidad casi animal de buscar con la mirada a quien tenemos al lado para comprobar que también lo está viendo. Los cacereños de 1900 no llevaban una cámara en el bolsillo ni sabían todavía qué era en realidad aquella raya verde que titilaba en la corona; se las arreglaron, aun así, con relojes de bolsillo y cristales ahumados, para dejarnos el testimonio exacto de su asombro. El 12 de agosto de 2026, mientras el Sol se deja morder sobre Cáceres, quienes lo miran son, durante esos minutos exactos, la misma especie maravillada que fueron ellos: separados por ciento veintiséis años de historia, y unidos, sin remedio, por el mismo gesto antiguo de levantar la cabeza hacia el cielo y no poder dejar de mirarlo, Al Detalle.
- TheSkyLive, "El eclipse solar del 12 agosto 2026 desde Cáceres (España): información completa": magnitud del 97,49% y altura solar de 9° en el momento del máximo eclipse visto desde Cáceres capital.
- Instituto Geográfico Nacional, "Eclipse total de 12 de agosto de 2026", Astronomía IGN: franja de totalidad que cruza la península de oeste a este, primer eclipse total visible desde España en más de un siglo.
- Revista de Extremadura, Año II, Núm. XI (Cáceres, mayo de 1900), M. Roso de Luna, "Eclipse de Sol del 28 de Mayo", p. 217: tabla de magnitudes por provincia ("en Cáceres, á once y nueve décimas").
- Boletín Oficial de la Provincia de Cáceres, núm. 140 (2 de marzo de 1900), Gobierno Civil, Secretaría, Negociado 3.º, Circular núm. 17 (28 de febrero de 1900), firmada por el Gobernador José Díaz de la Pedraja.
- Boletín Oficial de la Provincia de Cáceres, núm. 180 (11 de mayo de 1900), Gobierno Civil, Secretaría, Negociado 3.º, Circular núm. 45 (11 de mayo de 1900), firmada por el Gobernador Joaquín Santos Ecay.
- "El afamado eclipse total de sol del 28 de mayo de 1900", Real Asociación Española de Cronistas Oficiales (cronistasoficiales.com): trazado de la franja de totalidad por Extremadura y venta de billetes especiales Madrid-Navalmoral de la Mata.
- Revista de Extremadura, Año II, Núm. XI (mayo de 1900), Crónica regional ("Un Cacerense"), pp. 232-233: reseña biográfica de Mario Roso de Luna (descubrimiento del "cometa Roso" en 1893) y noticia de la comisión del Observatorio de Madrid en Plasencia.
- Revista de Extremadura, Año II, Núm. XI (mayo de 1900), M. Roso de Luna, "Eclipse de Sol del 28 de Mayo", p. 211.
- Revista de Extremadura, Año II, Núm. XI (mayo de 1900), M. Roso de Luna, "Eclipse de Sol del 28 de Mayo", p. 213.
- Revista de Extremadura, Año II, Núm. XI (mayo de 1900), M. Roso de Luna, "Eclipse de Sol del 28 de Mayo", p. 214.
- Revista de Extremadura, Año II, Núm. XII (Cáceres, junio de 1900), Casto Ibarlucea y J. Sanguino, "Observaciones hechas en Cáceres durante el eclipse de Sol de 28 de Mayo de 1900", pp. 269-273 (informe fechado en Cáceres a 4 de junio de 1900, dirigido al Director del Observatorio Astronómico y Meteorológico de Madrid).
- El Correo de Extremadura (Badajoz), Año X, núm. 468 (2 de junio de 1900), R. de Miguel, "El eclipse total en Ovar. Impresiones".
- El Correo de Extremadura (Badajoz), Año X, núm. 468 (2 de junio de 1900), sección "Casos y Cosas".
- Revista de Extremadura, Año II, Núm. XII (junio de 1900), Crónica regional ("Un Cacerense").
- El Correo de Extremadura (Badajoz), Año X, núm. 469 (9 de junio de 1900), Sección de Instrucción Pública.
- Sobre el enigma del "coronio" y su resolución como hierro altamente ionizado (Fe XIV): Instituto Geográfico Nacional, "Eclipses en la historia" (eclipses.ign.es); "Coronio", Wikipedia en español; "Corona (astronomía)", Wikipedia en español (identificación de Walter Grotrian y Bengt Edlén, 1939-1940).
- El Correo de Extremadura (Badajoz), Año X, núm. 484 (29 de septiembre de 1900).
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