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DEL GRANO AL VATIO: MOLINO DE HIJA DE VACA

Hoy volvemos a subirnos a la bici para descubrir, Al Detalle, un viejo molino trasformado en un pequeña central hidroeléctrica en las orillas del Salor, perteneciente a la Casa Hija de Vaca, a pocos kilómetros del Monumento Natural de los Barruecos. 
La historia de este enclave comienza en el siglo XVI, cuando la dehesa se convierte en el centro de un ambicioso proyecto de repoblación nobiliaria. La Casa Fuerte de Hija de Vaca fue mandada construir por Juan de Carvajal y Toledo, hijo de los condes de Carvajal de las Cuatro Esquinas, una de las familias con más raigambre en Cáceres. El edificio, de tipología "casa fuerte", presenta una bella portada de medio punto flanqueada por dos magníficos blasones que constituyen un auténtico catálogo pétreo de linajes: a la izquierda, las armas de los Carvajal-Toledo; a la diestra, las de los Saavedra-Figueroa.
A lo largo de los siglos, la finca fue el corazón productivo de las casas más influyentes de Extremadura. Desde los Carvajales pasó a los Duques de Abrantes, luego a los Marqueses de Valdefuentes y, finalmente, a sus actuales propietarios, la familia González-SandovalFrente a la casa se alza un humilladero o crucero de piedra, uno de los pocos que se conservan en pie en los alrededores de Cáceres. En su base se aprecia la típica grada de tres escalones, una estructura que cumplía una doble función: servir de descansadero para el pastor y ejercer como elemento protector para el ganado mediante la cruz que originalmente coronaba el conjunto. Aunque la cruz se haya perdido, el crucero desafía al paso del tiempo con majestuosa humildad. Completa el escenario la Capilla Palatina del siglo XVIII, un espacio donde lo sagrado, lo militar y lo ganadero convivían bajo el cielo de la dehesa.


El río Salor es mucho más que un curso de agua. Discurre sobre pizarras oscuras, originadas por un metamorfismo de contacto debido a la intrusión del magma granítico que conforma los alrededores. Esta geología genera un cauce con afloramientos rocosos y pequeños saltos muy apropiados para azudes y molinos. En sus márgenes crecen fresnos, chopos, sauces y mimbreras, que dibujan un bosque de ribera típico de las dehesas extremeñas.
Las referencias documentales más sólidas al molino de Hija de Vaca aparecen en el siglo XVIII, vinculadas al Catastro de Ensenada, que ya registraba molinos en afluentes cercanos como el Arroyo del Villar. No obstante, se estima que los cimientos del molino de Hija de Vaca son medievales o bajomedievales, coherentes con la tradición molinera de la cuenca del Salor. De hecho, en este río se conservan molinos y azudes de origen medieval, reconstruidos varias veces a lo largo de los siglos como consecuencia de las periódicas riadas.


A diferencia del vecino Molino de la Hijadilla, cuya pared conserva una inscripción con la fecha de restauración de 1862 y el nombre del apoderado D. José Calzado Pedrilla (que ya os enseñé hace años), el molino de Hija de Vaca operó de forma más íntima, destinado al autoconsumo de la propia dehesa. Su arquitectura responde a la lógica de las grandes fincas cacereñas: un molino ribereño que aprovecha un pequeño salto creado por azud y canal, vinculado al autoabastecimiento cerealístico de la explotación.
Atendiendo a lo que les ocurrió a otros molinos, seguramente a principios del siglo XX, el viejo molino sufrió una transformación radical para convertirse en una pequeña central hidroeléctrica. Este fenómeno fue común en toda España: entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, numerosos molinos hidráulicos se reconvirtieron en "fábricas de la luz", conservando azud y canal pero sustituyendo o complementando la maquinaria molinera por turbinas y generadores eléctricos. En el caso de Hija de Vaca, esta metamorfosis es hoy visible en su arquitectura dual: una base de mampostería tradicional (el molino original) que soporta un recrecimiento moderno destinado a la sala de alternadores.










La planta se nutrió de tecnología industrial andaluza. Un hallazgo fundamental en el sitio es una chapa con la inscripción «Talleres Álvarez. Sevilla», soldada a un elemento metálico de la instalación. Esta placa vincula la maquinaria con la potente industria de fundición sevillana de la época, una tradición metalúrgica que se remontaba a la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, fundada en 1565, y que en las primeras décadas del siglo XX suministraba turbinas y sistemas hidráulicos para todo el sur de España.
El sistema funcionaría mediante un complejo de precisión:
  • El azud: Situado unos 200 metros aguas arriba del molino, desviaba el cauce hacia el canal de derivación, elevando el agua para crear el salto necesario.
  • El canal de derivación: Conducía el agua desde el azud hasta la cámara de carga.
  • Las tuberías de presión (penstocks): Dos grandes conductos metálicos, aún presentes aunque roídos por el óxido, llevaban el agua a presión desde la cámara de carga hasta la turbina.
  • La turbina hidráulica: Convertía la presión del agua en rotación mecánica. Se estima que pudo ser una turbina de unos 15 CV, similar a otros proyectos de la época en la región.
  • El generador o alternador: Acoplado a la turbina, producía electricidad.
  • El cuadro de control: En la fachada exterior todavía se aferra el panel de maniobra de chapa negra, con los orificios vacíos que un día albergaron los indicadores luminosos de la corriente.
La energía generada serviría para la iluminación de la casa principal y dependencias, así como para los minitalleres de la finca, en un ejemplo paradigmático de autosuficiencia energética en el ámbito rural cacereño.


Con el desarrollo de la red eléctrica general en la posguerra (la electrificación completa de la provincia de Cáceres llegó en la década de 1950), este tipo de pequeñas centrales quedaron obsoletas y fueron abandonadas en bloque. Hoy, el antiguo molino-central de Hija de Vaca es un museo al aire libre de la decadencia ruralLas tuberías cuelgan como despojos metálicos del viejo bastidor. Los transformadores, abiertos como latas viejas, dejan ver sus entrañas de cobre y hierro. El cuadro eléctrico muestra solo aberturas vacías. El suelo de piedra está abierto a las golondrinas. En la soledad de la dehesa, las cigüeñas blancas del cercano humedal anidan en las rocas graníticas de Los Barruecos, ajenas al murmullo que una vez impusieron los motores del molino.
Sin embargo, su valor patrimonial es incalculable. A diferencia del Molino de la Hijadilla, que permanece como un hito decimonónico, Hija de Vaca es el eco de un siglo XX que intentó electrificar la dehesa, pasando del grano al vatio, por eso os lo he querido enseñar hoy, Al Detalle.

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