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EL VERRACO GEMINADO DE VALDECAÑAS REGRESA A CÁCERES


Hay veranos en los que el Tajo se retira como se retira la memoria: despacio, sin avisar, dejando a la vista lo que llevaba años guardándose para sí. El embalse de Valdecañas ha hecho eso mismo más de una vez, y cada vez que baja el agua, el paisaje enseña algo que estaba allí desde mucho antes de que existiera ningún embalse, ningún pantano, ninguna palabra siquiera para nombrarlo. En el verano de 2021 le tocó el turno a una piedra. Una piedra que llevaba, quién sabe, más de dos mil años esperando a que alguien volviera a mirarla.

Sobre un único bloque de granito, dos cuerpos aparecen unidos por el dorso, cada uno tallado en una de las caras de la piedra (1). Ninguno conserva la cabeza. Ninguno conserva las patas enteras. Y sin embargo, basta mirarlos un momento para notar algo que no cuadra: no son iguales. Uno es sensiblemente más grande que el otro. Esa diferencia, que a simple vista podría achacarse al desgaste de más de dos mil años bajo tierra (o los que hayan sido), es justo la que ha reabierto en los últimos años uno de los debates más interesantes sobre la escultura vetona, y la razón última por la que esta pieza, sacada del fondo de un embalse hace cinco años, llega el 12 de agosto de 2026 a la colección permanente del Museo de Cáceres (3).


La escultura mide 122 cm de longitud, 65 cm de anchura máxima y 57 cm de altura, y pesa 670 kg (1). Solo el ejemplar mejor conservado deja adivinar el arranque de la frente, la papada y las orejas; entre ambos animales, una pequeña hendidura recorre la pieza de punta a punta, marcando el eje de simetría de esta rareza de dos cuerpos (1). El consejero de Cultura, Turismo y Deportes, Laureano León, presentó este 12 de agosto la pieza junto a la directora general de Patrimonio, Adela Márquez, y la directora del museo, mi querida Raquel Preciados, subrayando el valor de la cooperación entre la Junta de Extremadura, el Ministerio de Cultura y el Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE) a lo largo de todo el proceso (3).

Todo empezó, como tantas veces en Valdecañas, por lo que el embalse deja de esconder. En agosto de 2021, la bajada del nivel del agua dejó al descubierto una franja de terreno en la zona inundable, dentro del término de El Gordo, muy cerca del límite con Peraleda de la Mata y a escasos 30 metros del antiguo curso del Arroyo de la Retama (1). Bajo un paquete de arcillas y un nivel superficial de arenas, aislada, ligeramente ladeada, sin ningún otro material arqueológico a su alrededor, esperaba la escultura (1). El hallazgo llegó de la mano de los mismos trabajos de documentación que, desde 2019, viene desarrollando el Ministerio de Cultura en la cuenca del embalse, los que también sacaron a la luz el dolmen de Guadalperal (1).

De ahí viajó a Madrid, a las instalaciones del IPCE, donde un equipo multidisciplinar la limpió, la consolidó en los puntos más frágiles y sometió el granito a un examen litológico completo. El resultado: un granito de feldespato alcalino, de grano medio y ligero carácter porfídico, compatible con las formaciones que afloran a pocos kilómetros del lugar del hallazgo. Es decir, los vetones que la tallaron no trajeron la piedra de lejos; usaron lo que tenían bajo de los pies (1).


Hasta aquí, la historia de un hallazgo más. Lo que convierte a esta pieza en algo distinto está en los detalles que el equipo del IPCE y el Museo Arqueológico Nacional documentaron después, ya en el laboratorio (1). El animal de la izquierda es un 11% más grande y 4 cm más alto que su compañero. Tiene más desarrollo muscular en el tren delantero. Y sobre su lomo se marca, con más relieve, la crin erizada. El de la derecha es más pequeño, su modelado es más suave, y su crin apenas se insinúa, y esa diferencia, comprobaron los investigadores, no tiene nada que ver con la erosión ni con el paso del tiempo bajo el agua (1).

¿Por qué iban a tallar dos animales distintos si representaban lo mismo? La respuesta que propone el equipo de Zephyrus es tan sencilla como reveladora: no representan lo mismo. Reúnen, dicen, justo el conjunto de rasgos que la biología del jabalí ibérico, Sus scrofa, asocia al dimorfismo sexual entre machos y hembras: tamaño corporal y desarrollo de la crin dorsal, mayor en los machos de la especie salvaje (1).



Dicho así, suena a un matiz técnico. No lo es. Durante décadas, la práctica totalidad de los especialistas ha dado por hecho que los verracos vetones sin genitales visibles eran simplemente "asexuados", y ha descartado de plano que existieran ejemplares femeninos entre los cientos de esculturas catalogadas en la Meseta occidental. Y eso a pesar de que algunas piezas de Ávila y Salamanca conservan hoy nombres populares en femenino: la "Marrana Cárdena" de Arévalo, la "Yegua de Irueña" de Fuenteguinaldo, por ejemplo, como si la memoria oral hubiera sabido algo que la arqueología tardó un siglo en plantearse. El equipo formado por Gordón Baeza, Pérez García, Yanguas Jiménez, Villa González y Gamo Pazos defiende que, cuando no quedan genitales, hay que mirar también los caracteres sexuales secundarios. Y concluyen algo que ninguna otra escultura vetona había permitido concluir hasta ahora: el verraco de El Gordo sería la primera pieza de piedra que documenta, de forma deliberada, una pareja de jabalí macho y hembra (1), (2).

Pero antes de seguir: ¿Qué son los verracos?

La primera vez que alguien deja constancia escrita de un verraco es sorprendentemente tardía: el Fuero de Salamanca, en el siglo XII, menciona el Toro de la Puente como marca de un límite jurisdiccional (4). Desde entonces, la interpretación de estas esculturas ha ido virando: primero teorías míticas y legendarias, después un cierto sentido cultual, y finalmente dos grandes corrientes, quienes ven en ellas un elemento delimitador de propiedades, pastos y vías de ganado, y quienes defienden un uso funerario y apotropaico, de protección de los difuntos (4). Con el tiempo, ambas posturas han resultado menos enfrentadas de lo que parecían: la función protectora, señalan los especialistas, estuvo presente en todas las fases, cambiando solo de objeto según la época (4).

El catálogo más reciente de nuevas esculturas de verraco, elaborado por un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid, permite además seguir esa evolución paso a paso, como quien lee los anillos de un árbol. Los primeros verracos, del siglo IV a.C., se levantaban en lugares aislados, vados, cruces de caminos, pastizales de valor estratégico, como culto protector a divinidades ganaderas, vinculado al ciclo de la vida y, por extensión, al mundo de los muertos. Durante los siglos II y I a.C., en plena conquista romana, algunos pasaron a situarse junto a las puertas de los oppida, convertidos en guardianes de los poblados amurallados frente a la inestabilidad bélica del momento (4). Y ya desde el siglo I d.C., con talleres que producían en serie piezas más pequeñas, geométricas y esquemáticas, el verraco se volvió sobre todo un objeto funerario, protector de las almas de los difuntos (4).

Hay todavía una capa más de significado, y es quizá la más sugerente de todas. El prehistoriador Martín Almagro-Gorbea propone leer estas esculturas no solo como objetos con una función práctica, sino como un lenguaje gráfico paralelo al lenguaje hablado: una forma de sintetizar en piedra narraciones míticas de la Hispania céltica que la tradición oral solo conservó a medias (5). El verraco, sostiene, sería la visualización de un Numen loci, una divinidad tutelar del lugar, de carácter ctónico, benéfico y solar, que protegía el castro, su territorio, sus prados, sus gentes y su ganado: padre, patrono y protector de toda la comunidad (5). No sustituye a las otras lecturas; las envuelve en un marco simbólico que explica por qué una misma piedra podía, a la vez, señalar un vado, cuidar un rebaño y velar por un muerto.

Sobre el verraco de El Gordo en concreto, el equipo de Zephyrus añade una hipótesis territorial muy concreta. Tanto esta pieza como el geminado de Alcolea de Tajo se levantan junto a vados históricos del Tajo, con un dominio visual amplísimo del entorno, como si hubieran sido colocadas allí precisamente para verlo todo, lo que sugiere que señalizaban pasos de ganado transitables dentro de un paisaje cerrado por barreras naturales. Instalar una pareja macho-hembra en esos puntos habría reforzado, con un sentido casi de amuleto, el derecho de uso y control de esos parajes, quizá acompañado de ceremonias públicas de las que aún dan testimonio las cazoletas y oquedades que algunas de estas piezas conservan en el lomo. Solo en la cuenca del Tajo se han contabilizado ya 30 verracos en actitud agresiva frente a 119 en posición estática y pacífica, una proporción que los investigadores relacionan con la doble función, guardián o simple hito, que cumplía cada escultura según dónde se encontrara (1).

Entre España y Portugal se conocen algo más de 450 verracos, de los que más de un centenar están en la provincia de Cáceres, repartidos por los valles del Jerte y del Ambroz, La Vera, Campo Arañuelo, La Jara, Los Ibores y Montánchez (1). Frente a esa cifra, que un solo bloque de piedra contenga dos animales completos, tallados uno en cada cara, deja de ser una curiosidad y se convierte en una anomalía que merece explicación.

Gregorio Manglano Valcárcel, autor de la tesis doctoral de referencia sobre el patrimonio arqueológico de los verracos, recuerda que hasta ahora la pieza de Alcolea de Tajo se tenía por un caso único, sin parangón en todo el catálogo vetón (6). El verraco de El Gordo cambia esa ecuación: por primera vez hay dos ejemplares que comparar entre sí, y con la comparación llegan preguntas que con una sola pieza ni siquiera podían formularse: ¿responden a la misma tradición, o a dos soluciones independientes al mismo problema simbólico? ¿Por qué solo dos, entre cientos de esculturas? (6)

Y no es solo una cuestión de qué representan, sino de cómo se hicieron. La tesis de Alicia Nortés sobre el proceso técnico de labra en granito de los verracos deja claro que tallar en bulto redondo un bloque de estas dimensiones exigía planificación, transporte y una ejecución nada improvisada. Ahora imaginemos ese mismo esfuerzo, multiplicado: dos figuras completas, cada una en su cara del bloque, guardando entre sí una relación deliberada de tamaño y de postura. No es una variación de estilo. Es una decisión, y bastante costosa, de contar algo que un solo animal no podía contar (7).


Comparado con el de Alcolea de Tajo, el ejemplar de El Gordo tiene un arranque de la frente más contundente y plano, una curvatura más marcada del dorso hacia la zona trasera y una hechura más angulosa, lejos de las formas redondeadas de la pieza toledana (1). Y el análisis mineralógico añade el último giro: ambas esculturas usaron granitos distintos. No hay, por tanto, un mismo taller detrás de las dos. Cada comunidad vetona resolvió, por su cuenta, el mismo enigma escultórico con la piedra que tenía a mano.

Un pequeño rompecabezas que casi se cuela en este artículo. Al revisar la bibliografía más reciente sobre verracos me topé con una ficha, en el catálogo de Manglano Valcárcel, Ruano, García-Giménez y Berrocal-Rangel publicado en CuPAUAM, que describía, bajo el nombre "Peraleda de la Mata 01", otra pieza geminada, con dimensiones ligeramente distintas (120 × 46 × 59 cm) y localizada junto al Arroyo del Hocico, no al de la Retama4. Por un momento pensé que podía tratarse de una tercera escultura doble, hasta ahora inédita. El propio texto, además, incurre en un desliz curioso: llama a la pieza "dos troncos de suido" en la ficha, y "dos toros" en las conclusiones, unas páginas más adelante.

Rastreando la prensa de aquellos días encontré la explicación más probable. El Ministerio de Cultura anunció oficialmente la recuperación de la pieza el 1 de septiembre de 2021, y la cobertura de esos días: El Español, elDiario.es, la propia nota ministerial, describe una única escultura geminada, extraída de Valdecañas en el término de El Gordo, "en un paraje próximo al linde con Peraleda de la Mata", con las mismas dimensiones aproximadas que documentaría después Zephyrus. La fuente que cita CuPAUAM es un artículo de ABC Cultura del 3 de septiembre, dos días después del anuncio oficial. Todo apunta a que esa ficha se redactó a partir de la cobertura periodística inicial, con datos aún preliminares y una atribución municipal por cercanía, antes de que el equipo que realmente excavó la pieza publicara el estudio definitivo. El desliz "suido"/"toro" encaja con esa lectura: es el tipo de imprecisión que aparece cuando se sintetiza deprisa a partir de fuentes de segunda mano, no cuando se tiene la pieza delante. Dicho de otro modo: probablemente sean la misma escultura, contada dos veces.

Zanjado, o casi zanjado, ese rompecabezas, queda lo esencial: la existencia de un segundo geminado obliga a repensar una idea que se daba por asentada desde hacía décadas, la de que Alcolea de Tajo era una pieza sin parangón dentro de la plástica vetona (6). Y cada hallazgo nuevo de este tipo, porque los habrá, en algún vado que todavía no conocemos, ampliará el margen de comparación de un fenómeno escultórico que, pese a sus más de dos mil años de historia, sigue soltando matices que la investigación apenas empieza a ordenar.




Se cierra ahora un proceso que arrancó con una extracción de urgencia en 2021, ante el riesgo real de expolio o deterioro que corrían varias de las piezas que el descenso de Valdecañas dejó al descubierto. El verraco geminado se suma ahora a la colección de verracos vetones del Museo de Cáceres, junto a otros ejemplares hallados en la provincia, un conjunto que confirma a Cáceres como uno de los territorios con mayor concentración de esta escultura zoomorfa en toda la España prerromana (1).

Y sin embargo, después de tanto análisis granulométrico, tanta hipótesis territorial y tanta relectura sobre el dimorfismo sexual, queda una punzada de humildad que ningún laboratorio resuelve: no sabemos, en realidad, para qué servía este verraco. Si vigilaba un vado o un rebaño, si acompañaba a un muerto, si era todo eso a la vez, o algo que hoy ni siquiera tenemos palabras para nombrar. Los vetones que lo tallaron creían en algo, eso es innegable, porque nadie levanta un bloque de 670 kilos y le dedica semanas de trabajo por capricho, pero ese algo se ha perdido con ellos, y lo más honesto es admitir que probablemente nunca lo recuperaremos del todo.

Hay, con todo, algo que ninguna incertidumbre logra borrar. Alguien, hace más de dos mil años, se detuvo justo donde hoy nos detenemos nosotros. Bebió del mismo Tajo, aunque entonces no se llamara así. Cruzó por el vado que hoy hemos inundado. Y de noche, sin ninguna luz que lo estorbara, miró exactamente el mismo cielo que miramos nosotros cuando se nos ocurre alzar la vista. No compartimos con esas gentes el tiempo, ese sí que nos separa, y de forma irreversible, pero compartimos el espacio: el mismo suelo, el mismo río, la misma piedra bajo los pies. Y quizá sea ese, más que cualquier función que le atribuyamos, el verdadero motivo por el que un verraco sin cabeza, mutilado, ilegible en tantos sentidos, sigue mereciendo que nos detengamos a mirarlo… y por eso os lo he querido enseñar hoy, Al Detalle.





1 Gordón Baeza, J. J.; Pérez García, P. P.; Yanguas Jiménez, N.; Villa González, Á. J. y Gamo Pazos, E. (2022): "Nuevos horizontes interpretativos de los verracos. Análisis y estudio del verraco geminado de El Gordo (Cáceres)", Zephyrus, 90, pp. 159-178. https://doi.org/10.14201/zephyrus202290159178

2 Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE): "Técnicos del Ministerio de Cultura y Deporte documentan la presencia de una escultura de sexo femenino entre los 'verracos' vetones", nota de prensa, 6 de febrero de 2023.

3 Alcázar, L.: "El Museo de Cáceres exhibe el verraco geminado hallado en Valdecañas", El Periódico Extremadura, 12 de agosto de 2026.

4 Manglano Valcárcel, G. R.; Ruano, L.; García-Giménez, R. y Berrocal-Rangel, L. (2021): "Sobre verracos vettones. Nuevas esculturas zoomorfas de la Edad del Hierro en la meseta occidental", CuPAUAM, 47(2), pp. 237-260. https://doi.org/10.15366/cupauam2021.47.2.008

5 Almagro-Gorbea, M. (2022): "Significado de los verracos vettones desde la mitología comparada", Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 48(2), pp. 157-182. https://doi.org/10.15366/cupauam2022.48.2.006

6 Manglano Valcárcel, G. R. (2013): Los verracos, un patrimonio arqueológico singular en el ámbito de la Península Ibérica. Estudio de los contextos de aparición y procedencia, identificación funcional y valoración patrimonial. Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Madrid. https://repositorio.uam.es/handle/10486/661762

7 Nortés, A. (2010): El toro y el espacio vetón: el proceso de labra en granito de un "verraco" y su revisión deconstructiva. Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid. https://eprints.ucm.es/id/eprint/10394/

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